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Cantaré eternamente la misericordia del Señor

JuanPabloII-orandoLa celebración el domingo pasado de la canonización de los papas Juan XXIII y Juan Pablo II tal vez opacó parcialmente la fiesta de la Divina Misericordia, instituida justamente por Juan Pablo II en el 2° Domingo de Pascua, de acuerdo a la manifestación privada recibida por Sor Faustina Kowalska.

El Dios que se nos ha revelado en la Sagrada Escritura, a quien nosotros adoramos, es un Dios lento a la ira y rico en piedad, siempre dispuesto a perdonar a quien acude a Él con sincero arrepentimiento y con deseos de retomar el camino perdido. Jesús, enviado por Dios Padre para realizar la obra de la salvación, es la máxima expresión de amor que Dios nos tiene. Por eso San Juan no duda en afirmar: “Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único para que vivamos por medio de Él” (I Jn 4, 9).

Jesús nos enseñó de palabra y de obra la importancia del AMOR, una de cuyas manifestaciones es precisamente la misericordia. En primer lugar, debemos confiar en que Dios es misericordioso y perdona y, en segundo lugar, debemos aprender a ser misericordiosos, si es que queremos que se cumpla en nosotros la bienaventuranza: “Dichosos los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7)

Una de las parábolas que mejor expone esta disposición de Dios Padre a perdonar al pecador arrepentido es la del hijo pródigo (cf Lc 15, 11-32). En ella el Señor nos habla de un padre que espera incansablemente el regreso del hijo que se marchó, menospreciando todo el amor y las comodidades de que disfrutaba en el hogar. Su vuelta a casa, después de haber padecido toda serie de dificultades materiales, soledad, desprecio, etc. fue ocasión de una gran fiesta, porque el hijo estaba perdido y fue hallado, había muerto y recobró la vida.

 

Pero Jesús no se contentó con hablar de la misericordia mediante parábolas, sino que nos dio el ejemplo para que también nosotros lo pongamos en práctica. Un caso patente fue su encuentro con Zaqueo. Nos relata el Evangelio de San Lucas que, en su camino hacia Jerusalén, Jesús entró en Jericó. Es la última etapa de un viaje que resume en sí el sentido de toda su vida, dedicada a buscar y salvar a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Fue en Jericó donde se realizó uno de los acontecimientos más gozosos narrados por san Lucas: la conversión de Zaqueo.

Su condición de recaudador de impuestos para el imperio romano lo convertía, a los ojos de los judíos, en un ser despreciable, un pecador. Para colmo, era bajo de estatura y eso le dificultaba ver al Maestro cuando pasara. Venciendo hostilidades y respeto humano, Zaqueo se trepa a un árbol y, cuando Jesús lo ve, lo llama por su nombre y se hospeda en su casa (cf. Lc. 19, 5). En la casa de Zaqueo, desde ese día, entró la paz, entró la salvación, entró Jesús.

La misericordia de Dios es infinita. No existe profesión o condición social, no existe pecado o crimen de algún tipo que pueda borrar de la memoria y del corazón de Dios a uno solo de sus hijos. Dejemos también que Jesús nos llame por nuestro nombre. Él puede cambiarnos, puede convertir nuestro corazón de piedra en corazón de carne, puede liberarnos del egoísmo y hacer de nuestra vida un don de amor. Jesús puede hacerlo. Dejémonos mirar por Él.

Con mi Bendición.

Mons. Rafael Conde Alfonzo

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