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Pascua de resurrección

Y JESUCRISTO A RESUCITADO ILa Pascua es el misterio de la vida que triunfa sobre la muerte. En el drama de la cruz, la muerte había triunfado. Jesús había aceptado esa muerte, porque quería cumplir la voluntad del Padre que le había encomendado una misión redentora, y la debía realizar con el sacrificio de su propia vida. Esta aceptación hubiera podido parecer una derrota para él y un triunfo para sus enemigos. Pero Jesús siempre anunció su muerte como un paso a la resurrección. La primera vez que predijo su pasión y muerte, había afirmado que el Hijo del hombre resucitaría al tercer día (cf. Mt. 16, 21). Así pues, el estado de muerte sería muy breve, y al tercer día la vida debía triunfar.

La mañana de Pascua confirma esta predicción. Las mujeres que, al alba de aquel día, se dirigen al sepulcro quedan sorprendidas al encontrar el sepulcro abierto y vacío. Unos ángeles les comunican su buena nueva: Cristo, al que buscan entre los muertos, ya está lleno de vida: ha resucitado, como lo había predicho. Fuera del sepulcro, las mujeres se encuentran con él en persona. Con diversas apariciones, Jesús demuestra su resurrección; podemos decir que desea que la comprueben testigos válidos. Quiere responder a todas las dudas con la evidencia de la vida de orden superior que ya posee.

 

El día de Pascua marca la historia de la humanidad como signo del triunfo de la vida sobre la muerte. Inaugura un nuevo futuro. Da un significado a los acontecimientos de la pasión y la muerte de Cristo; muestra el paso del sufrimiento a la alegría en los que creían en Cristo. Jesús mismo había anunciado este paso, muy consolador. Hacía que lo experimentaran todos los que lo habían seguido y permanecían fieles a su persona y a su palabra.

La vida nueva que surge en él con la resurrección no es simplemente la continuación de la vida que había tenido en la tierra. Es una vida que pertenece a la esfera del más allá y que conlleva un aspecto esencialmente glorioso. Después de su resurrección, Jesús no vuelve a la tierra y no reanuda las condiciones de su existencia entre los hombres. Sólo se hace presente con diversas apariciones. Ya no está sometido a las leyes del cuerpo humano: aparece y desaparece según su voluntad, se desplaza de un lugar a otro de un modo invisible, entra sin dificultad a estancia con las puertas cerradas. Al tener su cuerpo propiedades superiores, incluso a los que estaban acostumbrados a verlo les resulta difícil reconocerlo. Se revela como alguien que pertenece al mundo celestial.

En efecto, la vida que posee y manifiesta está destinada a irradiarse por todo el mundo. En las apariciones no se limita a dar una demostración de que su cuerpo es un auténtico cuerpo, y un cuerpo realmente resucitado, sino que se muestra animado por un dinamismo que quiere difundir por doquier la buena nueva. A María Magdalena que, después de haberse encontrado con el Señor a quien buscaba, no quería separarse de él para no volver a perderlo, Jesús le da a entender que él no quiere convertirse en un tesoro celosamente conservado. Le dice: “No me toques...Pero ve a mis hermanos y diles...” (Jn 20, 17). Así pues, la envía a una misión. El privilegio de quien recibe una aparición del Señor resucitado implica el envío a comunicar el mensaje. La alegría de la resurrección está destinada a difundirse.

En este triunfo el resucitado permanece sumamente humilde. No se muestra como triunfador a los que habían querido eliminar su presencia en la tierra. No busca ninguna venganza. Aunque habría podido confundir a los que habían querido eliminar su poder, no se manifiesta a ellos en su victoria. Sólo se aparece a los que están dispuestos a creer y les pide su adhesión de fe. Su triunfo es el triunfo del amor. Este amor es el que desea manifestar en su nueva vida, el amor manso y humilde que había caracterizado su vida terrena.

La Pascua asume su verdadero significado cuando esta fiesta celebra el triunfo de una vida que es amor.

            Felices Pascuas a todos ustedes, queridos hijos de la Iglesia que peregrina en Aragua.

Con mi Bendición.

Mons. Rafael Conde Alfonzo

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